A 100 años de la Revolución Rusa: apuntes para una evaluación del modelo económico soviético

A 100 años de la Revolución Rusa: apuntes para una evaluación del modelo económico soviético

  1. Introducción.

A 100 años del triunfo de la Revolución Rusa, sin duda uno de los procesos políticos y sociales más relevantes del siglo XX, es muy poco lo que se dice desde la disciplina económica convencional sobre los procesos que acaecieron en el ámbito económico tras la Revolución de 1917. En efecto, la planificación centralizada de la economía, con sus múltiples defectos y virtudes, no sólo fue un modelo que rigió a una considerable parte de la población mundial del siglo XX -no solo en la Unión Soviética-, sino que también constituyó una alternativa real al orden capitalista por varias décadas, y continúa siendo un modelo conceptual al que aspira un sector considerable de la izquierda en el mundo.

En ese sentido, resulta particularmente pobre desde el punto de vista intelectual que no sólo la economía estándar, sino que también aquellos que estudian a diario el cómo podría desenvolverse ser una sociedad más justa, no se detengan a analizar un sistema alternativo que por varias décadas compitió -y en algunas esferas incluso triunfó- a gran escala contra el capitalismo norteamericano. La excusa de que no es necesario estudiar el modelo soviético por su fracaso parece particularmente inadecuada en este caso: precisamente por su fracaso es por lo que se hace necesario su estudio para aquellos que desean construir una sociedad distinta. Por esto, la comprensión a cabalidad de los aciertos -si los hay- y los errores -y horrores- de un experimento que duró varias décadas y se expandió por vastos territorios, requiere una aproximación alejada de los dogmatismos o fanatismos con que tradicionalmente se mira a la Unión Soviética.

En lo que sigue, se debe subrayar que se utiliza el apelativo de ‘economía soviética’ en vez de ‘economía socialista’ por el simple hecho de que han existido y siguen existiendo muchos modelos económicos ‘socialistas’, tanto teóricos como prácticos. De hecho, se puede destacar en la historia el modelo ‘socialista’ yugoslavo, que duró casi 50 años y es alarmantemente desconocido incluso para la propia izquierda, el cual siguió patrones totalmente distintos al soviético, siendo la autogestión y el cooperativismo de mercado su principal característica.

Finalmente, y antes de pasar a lo medular del análisis, se debe advertir que este texto no está pensado ni como un resumen ni como una evaluación exhaustiva del régimen económico soviético. No lo es, pues no está pensado para ser un artículo ‘científico de historia económica’, además de carecer el autor de los conocimientos suficientes como para llevar a cabo tamaña tarea. En este sentido, se piden de antemano las disculpas correspondientes por la posiblemente excesiva simplificación de los acontecimientos y procesos que se describirán en los siguientes párrafos. Además, dado que siempre se contará con información imperfecta e incompleta del contexto total que enfrentaron los actores del proceso, no siempre es justo, ni siquiera intelectualmente, condenar o validar desde el siglo XXI sin dejar ningún espacio a interpretaciones, decisiones específicas que se realizaron en un momento histórico totalmente distinto al actual. Cada nuevo dato podría cambiar la visión que se tiene de un proceso. Por tanto, esta reflexión es más bien una invitación a mirar el proceso político, económico y social con otros ojos, puntualizando aspectos que pudieran ser relevantes en el plano económico de una experiencia de construcción de uno de los modelos alternativos al capitalismo más relevantes de la historia moderna.

2. La economía centralmente planificada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)

Primero que todo, es importante aclarar que en sus casi 8 décadas no hubo un modelo único ni homogéneo, que estuviera prefigurado en la mente de los líderes de la revolución y que simplemente fuera ejecutado apoyándose en un manual. Existieron, en realidad varias etapas, cada una fuertemente determinada por las circunstancias tanto internas como externas que atravesaba el país.

En la cronología estándar que la historia económica occidental ha hecho de la economía soviética, el primer periodo corresponde al denominado ‘Comunismo de Guerra’ (1918 – 1920), en donde se nacionaliza la mayor parte de las empresas y se comienza una reforma agraria. En esta etapa no sólo se firmó el tratado de Brest-Litovsk con Alemania para terminar la participación rusa en la primera guerra mundial, sino que además fueron los años de guerra civil entre las fuerzas revolucionarias (el Ejército Rojo) y las fuerzas contrarrevolucionarias (el Ejército Blanco, principalmente pro-monárquico). Al estar en guerra, la dirigencia bolchevique organizó una economía conforme a esta situación: a través de la confiscación, se centralizaban todos los recursos disponibles y se asignaban según las necesidades propias de la guerra. Pese a que hay centralización, en este periodo no hay una planificación futura del desarrollo del país, pues lo relevante en el corto plazo es ganar la guerra. Esta etapa se caracteriza por una fuerte caída de la producción respecto a los niveles pre-guerra, aunque no es claro si esto se debió a una mala gestión económica o simplemente al estado de guerra civil en el que se encontraban.

Una vez que el Ejército Rojo triunfa, comienza la denominada ‘Nueva Política Económica’ (1921 – 1928). En palabras simples, esta etapa implicó dar un paso atrás en el gran conjunto de confiscaciones realizadas en el periodo anterior. En el ámbito agrícola termina la confiscación de los recursos y en su reemplazo se establecen impuestos, mientras que las empresas no estratégicas con menos de 20 trabajadores son devueltas a sus antiguos dueños. Esto reestableció los incentivos privados para el aumento de la producción, lo que efectivamente ocurrió. En lo laboral, se crea un sistema de seguridad social y se reduce la jornada laboral a 8 horas diarias. En resumen, la Nueva Política Económica fue un éxito, al menos en términos productivos, en el corto plazo y respecto a la situación anterior, ya que hacia 1925 ya se había recuperado el nivel de producción agrícola de preguerra, y en 1927 haría hecho lo propio el sector industrial.

Sin embargo, en 1924 se produce la muerte de V.I. Lenin, el entonces líder de la Revolución Rusa, descabezando al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y generando tensiones internas que también se expresarían en el ámbito económico.

En aquel tiempo, el debate económico, en términos generales, era el siguiente: un ala del Partido proponía profundizar la Nueva Política Económica y explotar las ventajas comparativas en el ámbito agrícola como estrategia de desarrollo. Esta posición además planteaba que el campesinado había sido un aliado sustancial en el proceso revolucionario, por lo que no había que introducir conflictividad con ellos. La otra gran posición proponía la industrialización del país. Continuar con la Nueva Política Económica, como se había desarrollado hasta el momento, sería propagar el germen del capitalismo en la nueva economía soviética. En el ámbito teórico, el célebre economista Eugen Preobrazhenski planteaba que no podría existir una exitosa transición al socialismo si no se redestinaban recursos desde los sectores capitalistas de la economía (agrícola y comercial) hacia el sector socialista (la industria). Además, había que protegerse de las amenazas externas, y un país eminentemente agrícola difícilmente podía hacerlo, ya que la capacidad militar proviene de forma inmediata del desarrollo industrial. Tras un conflicto con el campesinado por los precios de la agricultura, J. Stalin, quién ya en 1922 se había convertido en el secretario general del PCUS, apoya al bando pro-industrialización y en 1928 inaugura el primer plan quinquenal, que regiría hasta 1933.

Con esto comienza una política autárquica, que no sería otra cosa que establecer relaciones comerciales exclusivamente con países socialistas. Por cierto, la pro-industrialización tuvo severos costos económicos y sociales en la agricultura (los que se analizarán en la siguiente sección), pero también tuvo el efecto de preparar al país para enfrentar con mayor capacidad militar el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, es sólo tras su triunfo en la Segunda Guerra Mundial que la Unión Soviética comienza a ser una alternativa real y a gran escala al paradigma capitalista liderado por Estados Unidos. Simplificando la situación, la Unión Soviética, que no era más que una atrasada república europea, en menos de dos décadas pudo llegar a ser la principal fuerza que derrotó al nazismo, cuando éste último incluso se había impuesto fácilmente sobre importantes potencias capitalistas de la época, como Francia. Así, tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética establecería un marco de influencia sobre un conjunto de países de Europa Oriental (los llamados países satélites), estableciendo -ahora sí a través de un ‘manual’- su régimen político-económico en todos estos países. Este recetario incluía elementos como el partido único, la planificación centralizada de la economía, y la colectivización de la agricultura.

A estas alturas, la planificación centralizada consistía en un Estado que contaba con diversos planes para la producción, los cuales eran puestos en práctica por los Comités de Planificación de la Producción. Existían planes anuales (que detallaban la operación de las empresas estatales en el corto plazo), planes quinquenales (que establecían metas de producción y crecimiento en el mediano plazo) y finalmente planes de largo plazo, que no eran más que una declaración de hacia dónde se creía debía ir el país, y reflejaban las directrices del PCUS. En relación a los Comités de Planificación, el más importante de ellos era el Gosplan, encargado de la planificación de los dos mil productos más importantes de la economía soviética. La producción del resto de los productos era definida por el Gossnab. Es importante precisar que la manera en cómo se definía cuáles eran esos productos más relevantes para la economía, así como sus cantidades producidas, es algo que hasta nuestros días no está totalmente consensuado entre los historiadores económicos. No es claro, por ejemplo, cómo se definía inicialmente cuál sería la demanda potencial de la población por los productos que producirían, ni mucho menos cómo serían asignados. Al respecto, la literatura convencional simplemente ha establecido que los planes en la práctica eran mucho menos complejos de lo que óptimamente desde la economía se pudiese pensar: las definiciones de cuánto producir no eran más que aumentos porcentuales arbitrarios respecto a la producción del año anterior, definido por sendos Comités en relación a la información disponible y al criterio -incierto- de sus miembros.

Es en este punto, desde la segunda mitad del siglo XX, donde comienzan los serios y ampliamente conocidos problemas -aún no resueltos- de la planificación. Para que una empresa cumpliera los objetivos mandatados por el plan, debía recibir administrativamente los insumos para ello. ¿Qué pasaba si una empresa, por algún motivo -errores de la planificación o, por ejemplo, una sequía- simplemente no recibía administrativamente los insumos necesarios para cumplir su meta de producción? Tres eran las principales salidas a este problema. La primera y más usual era la adaptación –‘renegociación’- del plan, bajando las metas y así lograr cumplirlas. Si esta renegociación fallaba, la segunda salida consistía en uno de los karmas de la planificación central, el mercado negro. Con el paso del tiempo, el mercado negro comenzó a ser cada vez más importante, lo que llevó a la existencia de una dualidad bastante incómoda para el planificador: mientras el mercado negro por un lado dañaba la planificación pues había cuantiosos recursos fuera de la ‘economía formal’, por el otro también la sostenía, en la medida que permitía el cumplimiento del propio plan. Se estima que en la década de los 80’ el mercado negro llegó a representar el 20% del PIB de la URSS. La última salida al problema del desabastecimiento, si habían fallado tanto la adecuación del plan como la provisión de insumos mediante el mercado negro, era la diversificación vertical, lo que significaba que la misma empresa comenzaba a producir sus propios insumos, lo que razonablemente traía aparejado múltiples problemas de eficiencia.

Pero la planificación no solamente decía relación con la producción de bienes y servicios, sino también con la inversión productiva. Como es sabido, la Unión Soviética tuvo el mérito de convertir una economía atrasada y eminentemente agraria, en una economía industrializada del más alto nivel tecnológico en pocas décadas. ¿Cómo se hizo esto? Fundamentalmente a través de la inversión productiva. La literatura estándar en la disciplina económica convencional tampoco ha logrado entender a cabalidad cómo se realizó este proceso, y ha atribuido el éxito de las políticas de inversión simplemente a una buena asignación administrativa. Esto no es otra cosa que decir que los dirigentes bolcheviques tuvieron utilizaron criterios acertados al momento de asignar la inversión, lo que sin duda puede ser debatible.

No obstante, hasta aquí aún no es claro por qué un modelo aparentemente exitoso terminó sucumbiendo en su desenfrenada competencia contra al capitalismo occidental. Probablemente la explicación esté en los problemas de la planificación en una sociedad cada vez más compleja e interconectada, era la URSS en la segunda mitad del siglo XX. Probablemente en 1930 era relativamente ‘sencillo’ asignar los pocos recursos con que se contaban en orden de maximizar la eficiencia del sistema económico; pero, una vez que la economía se industrializa y se complejiza, esa tarea ya se vuelve titánica y en algunos casos, simplemente imposible. La sistemática caída en la productividad causada por crecientes los errores de planificación que se iban acumulando, puede explicar en buena parte el deterioro en la calidad de vida de la URSS respecto a los habitantes de los países capitalistas. Ya en los últimos años de la Unión Soviética se había extendido enormemente el mercado negro con la proliferación de sus consiguientes mafias, se había incrementado la corrupción en el seno del propio Partido, había caído notablemente la tasa de crecimiento de la población, y las tasas de renovación del stock de capital eran casi nulas. Todo esto sin dudas que facilitó enormemente el fracaso del sistema soviético, al menos en su dimensión económica.

3. La colectivización de la agricultura

Si a alguien no conocedor del proceso soviético se le menciona el concepto de ‘colectivización de la agricultura’, ingenuamente podría darle una connotación positiva, en la medida que la agricultura ahora le pertenece ‘a todos’. Sin embargo, y en esto hay que ser categóricos, la ‘colectivización’ de la agricultura no fue más que un proceso de estatización de la agricultura que tuvo un altísimo costo humano y social, el cual puede ser contabilizado en millones de muertos y en jornadas de trabajo extenuantes que los agricultores debieron soportar para poder sobrevivir.

En general, se podría pensar que el proceso de estatización de grandes predios improductivos podría ser beneficioso por el eventual aumento en productividad producto de las economías de escala. El problema es que dicha estatización soviética fue mucho más que eso. Cuando se llega al pequeño agricultor, y se le dice que la tierra, el ganado y otras pertenencias que tiene ya no le pertenecen a él, sino que ‘al pueblo’ (representado supuestamente por el Estado y el Partido), no sólo se está realizando una reasignación de recursos en la economía, sino que en el plano cultural se está terminando con un modo de vida asentado en el campesinado mediante siglos de actividad. La estatización tampoco incluía a los campesinos en la toma de decisiones acerca de la producción, ni en la vinculación directa de los asentamientos con el resto del sistema económico productivo. Debido a esta fuerte resistencia al radical cambio, al proceso de estatización de la tierra le siguieron en gran parte del país una serie de enfrentamientos entre el Estado y los pequeños campesinos, todo lo cual tuvo como consecuencia -según estimaciones occidentales- una cantidad de muertos contabilizada en casi 5 millones. Si el modelo económico soviético puede jactarse de haber tenido un desempeño medianamente exitoso en lo económico y productivo, sobre todo en sus primeros años, no se puede omitir que para ello se tuvo que pagar un altísimo costo que desde cualquier perspectiva humana es totalmente injustificable.

El problema productivo más general en el ámbito agrícola fue que, incluso después de este traumático proceso de estatización, la agricultura nunca logró ‘armonizarse’ con el proceso que se iba desencadenando en el resto de la economía. Constantes reformas legales fueron desarrolladas con el objetivo de incrementar la producción agrícola, entre las cuales destacó la posibilidad de que los campesinos pudiesen cultivar, de forma privada y en su tiempo libre, pequeños terrenos cuya producción podía ser destinada a la venta autónoma. Bajo un sistema de imperfecto control del trabajo, los resultados eran predecibles: los campesinos tenían todos los incentivos para descuidar su labor en las granjas estatales y preocuparse solamente de sus propios cultivos. Fue tal la magnitud de este último hecho, que la agricultura privada, siendo sólo el 3% de la tierra, llegó a representar el 20% de la producción agrícola. ¿Significa esto necesariamente que la agricultura estatal era más ineficiente? No es claro, ya que aparte del problema de los incentivos, las granjas estatales solían producir bienes intensivos en capital que eran difícilmente producidos de forma privada, precisamente por la ausencia de ese capital.

En resumen, el proceso de estatización (‘colectivización’) de la agricultura fue una dolorosa experiencia, particularmente para el campesinado soviético. No sólo sufrió con la expropiación de sus posesiones históricas a gran escala, sino que también debió trabajar más duramente que el resto de los trabajadores para poder subsistir. En el agregado, el desempeño de las políticas productivas agrarias fue paupérrimo: si antes de la Revolución, Rusia era el principal exportador de grano del mundo, hacia 1980 era el principal importador, largamente rezagado en términos de eficiencia de las potencias agrícolas. Se podría argumentar que esto se debió a la propia especialización industrial del país, pero cabe señalar que consistentemente el sector agrícola se desempeñó por debajo de lo que indicaba la propia planificación.

4. El trabajo en la Unión Soviética

¿Cambió sustancialmente el bienestar de los trabajadores luego de la Revolución? Esta es una de las preguntas más relevantes, pero a la vez difícil de responder, debiendo motivar al mismo tiempo una investigación más exhaustiva de la que aquí se ofrece. Sin embargo, algunas pistas pueden esbozarse.

La movilidad del trabajo en un principio esta fue prácticamente nula. Durante los primeros años de la Unión Soviética, ‘era una necesidad’ que los trabajadores se desempeñarán ‘donde el país los necesitara’. Bajo esta consigna, se obligó a los trabajadores a desarrollar las tareas mandatadas por ‘el Partido’, y en caso de rehusarse eran castigados punitivamente. Una vez que el país comenzó a industrializarse, la movilidad aumentó y se terminaron los incentivos coercitivos. Estos fueron reemplazados eminentemente por incentivos morales, desplegados a través de una potente propaganda en favor del concepto del trabajo como un deber con la patria y la Revolución. Probablemente el ejemplo más vistoso de estos fue el estajanovismo, movimiento de trabajadores fuertemente apoyado por Stalin que promovía la competencia entre los trabajadores para alcanzar aumentos individuales de productividad. Finalmente, y crecientemente con el paso del tiempo, se pusieron incentivos monetarios para que los trabajadores se pudieran mover de un sector de la economía a otro, en vez de obligarlos a hacerlo. En cualquier caso, podría decirse que la movilidad fue baja, aunque evidentemente no es claro, desde el punto de vista del bienestar de los trabajadores, cuál es el nivel óptimo de movilidad.

Por otro lado, y visto desde un punto de vista estrecho, la empleabilidad fue probablemente uno de los factores más positivos del sistema económico soviético. El desempleo era bajo, sólo friccional, ya que las empresas tenían incentivos a sobre-contratar trabajadores con el objetivo de cumplir los planes impuestos. Esta sobre-contratación no fue un problema mayor para las empresas, puesto que dada la prioridad que tenía el cumplimiento el plan, eran subsidiadas en caso de tener pérdidas.

Adicionalmente, se estima que en todo el periodo la desigualdad de ingresos fue más bien baja, a pesar de que esta nunca fue medida de manera precisa. Los salarios de los trabajadores se diferenciaban según sus funciones, siendo estos cada vez más disimiles con el nacimiento de los incentivos monetarios, pero siempre manteniendo niveles bajos -a criterios actuales- de desigualdad. Por otro lado, la pobreza nunca fue un problema mayor, pues la planificación estaba diseñada prioritariamente para que los bienes de primera necesidad estuviesen a disposición de todos.

5. Hacia una relectura desde la economía de la experiencia soviética

Si hubiera que resumir una evaluación de la experiencia económica soviética, podría decirse que, al menos en términos de crecimiento económico, fue exitosa hasta la década de los 70’. Luego, la complejización de la planificación, la corrupción del aparato estatal, entre otros factores, minaron el potencial de crecimiento del país. En efecto, Rusia pasó de ser una economía agraria atrasada a ser un país industrializado en pocas décadas, logro totalmente meritorio. Sin embargo, tal como hoy está extendida la crítica hacia la ideología del crecimiento per se y sin restricciones, lo mismo podría y debería ser aplicado al caso de la Unión Soviética.

En este sentido, cualquier elemento positivo que haya tenido la experiencia soviética en términos de crecimiento económico y mejoras en el estándar material y básico de vida de un sector importante de la población, puede ser fácilmente ensombrecido por el conjunto de vicisitudes del proceso visto en conjunto, sobre todo en el ámbito social, factores que pueden ser separables desde un punto de vista ‘científico’, más no desde un punto de vista histórico y político. Millones de muertes derivadas de las forzadas reformas estructurales, daño irreversible al medioambiente (donde destaca el accidente en Chernobyl y el vaciamiento del Mar Aral) y tremendas limitaciones a la libertad con la excusa del aumento de la producción no son estándares que cualquier alternativa ‘socialista’ contemporánea debiera validar.

Como se mencionó al inicio, esta breve reflexión no pretende ser una revisión exhaustiva, sino que busca destacar algunos puntos importantes del modelo económico soviético de manera de facilitar su entendimiento por parte de los interesados en la historia de los socialismos reales, y promover su estudio más sistemático e informado. Evidentemente, el análisis anterior merecería una profundización de su evaluación en otros aspectos como la educación, la salud, la tecnología y la innovación, la protección del medioambiente, la seguridad social, los asuntos de género, el rol del dinero en la economía, el deporte, el arte y la cultura, la familia, entre muchos otros ámbitos relevantes al momento de evaluar en su totalidad un sistema. Para efectos de un análisis sin dogmatismos, en muchos de esos indicadores se encontrará que el desempeño de la URSS fue muy superior al de la mayor parte de las economías capitalistas del siglo XX e incluso del siglo XXI, y en otros bastante inferior. De todo eso es precisamente de lo que tenemos que aprender.

Finalmente, este autor coincide con las palabras del escritor cubano Leonardo Padura, que en una reciente entrevista señala que el fracaso de la Unión Soviética fue en realidad una derrota para la humanidad entera. Del conjunto de vicios que padeció debemos aprender, no por melancolía ni por venganza, sino por el ánimo de revitalizar una utopía posible de una sociedad más libre, justa e igualitaria, que se relacione de manera más respetuosa con el medioambiente. Esa alternativa, que hoy no existe con claridad, se verá mucho más nutrida si se toman en serio los aprendizajes que proporciona el análisis de estas experiencias.

¿La enseñanza más importante? No olvidar nunca que el centro de una utopía posible debe ser siempre el ser humano mismo, en su totalidad y en su particularidad, y no solo el aspecto material de la producción sin restricciones de ningún tipo.

Nada más terminar con las siempre precisas palabras de Eduardo Galeano (1990):

“El Oeste vive la euforia del triunfo. Tras el derrumbamiento del Este, la coartada está servida: en el Este, era peor. ¿Era peor? Más bien, pienso, hay que preguntarse si era esencialmente diferente. Al Oeste, el sacrificio de la justicia, en nombre de la libertad, en los altares de la diosa Productividad. Al Este, el sacrificio de la libertad, en nombre de la justicia, en los altares de la diosa Productividad. Al Sur, estamos todavía a tiempo de preguntarnos si esa diosa merece nuestras vidas.”

 

Referencias sugeridas sobre historia económica de la Unión Soviética:

  • Stephen Gardner (1997). Comparative Economic Systems, Ch. 14 – 15.
  • Alec Nove (1991). An Economic History of URSS, o Alec Nove (1973). Historia Económica de la Unión Soviética. Alianza Editorial.
  • Paul Gregory, Robert Stuart (1990). Soviet Economic Structure and Performance.
  • Eugen Preobrazhenski (1926). La Nueva Economía

 


 

 

Simón Ballesteros

Miembro de la Red Estudios Nueva Economía

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